Se hablaba de una bruja en el norte, en un pueblo pequeño donde todos se conocían.
No era la más joven. No era la más alta. No llevaba joyas llamativas.
Pero cuando caminaba, el aire parecía hacerse más denso. Su piel tenía un brillo suave, como si la luz se quedara sobre ella.
Decían que los hombres bajaban la voz cuando pasaba. Y que las mujeres la miraban buscando entender su secreto.
No usaba perfumes fuertes. No usaba maquillaje pesado. Usaba sal para limpiar. Romero para despertar. Y después, siempre, cubría su cuerpo con aceites templados que dejaban la piel flexible y viva.
No era magia rápida. Era constancia convertida en magnetismo.
Te cuento otro de nuestros secretos. Las brujas nunca terminaban un baño de sal dejando la piel expuesta.
Después de lim...
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